La niña del cementerio
Hace un par de días estaba tirado
en el sofá de mi casa mientras me ahogaba en mi propio aburrimiento, fue
entonces cuando decidí tomar mi teléfono y ver vídeos en Youtube. Normalmente,
el contenido que busco en esta plataforma es muy variado, por no decir común: vídeos
de humor, recetas de comida, música, vídeos de miedo, tops, etc.
En esta ocasión, al abrir la
aplicación me recibió un top reciente de horror hecho por uno de mis youtubers
hispanohablantes preferido, el título del vídeo era: “Top 7 de apariciones en cementerios”.
Ese nombre me llamó mucho la atención, tenía ganas de algo que me entretuviese
y me hiciera desconectar la mente para pasar un agradable rato de
entretenimiento.
El vídeo cumplía con lo suyo, siete
segmentos grabados por los llamados “exploradores urbanos” o guardias nocturnos
dentro de algún cementerio por la noche donde, supuestamente, se escuchaban
sonidos, se veían sombras, se movían cosas de sitio, etc.; lo habitual en este
tipo de vídeos de la plataforma.
El vídeo era corto, pero había
cumplido con lo que yo deseaba: entretenerme y pasar el tiempo. Por lo que
decidí observar otro; y después de ese, otro más; y luego, otro; y así
sucesivamente hasta que tuve que encender la luz de la habitación porque había
caído en la oscuridad de la noche. Fue entonces cuando paré para ir a comer y hacer otras cosas antes de acostarme nuevamente en mi cama. No me dormí rápido, más bien estuve un
par de horas más mirando vídeos de miedo por Youtube, algo que es muy común hoy
en día.
Me levantó el sonido del
despertador por la mañana. Era lunes y tenía clase a las 11:00 a.m. en la
Universidad, eran las 9:30 a.m. por lo que tenía hora y media para arreglarme,
desayunar y llegar a tiempo. Llegué a mi edificio correspondiente 15 minutos
antes de iniciar la clase, y al notar esto decidí ir a la cafetería para
comprar un café y unas galletas.
En la fila para pedir y pagar me encontré con Javier, un chico del salón que se había estado empezando a juntar con nosotros desde hacía unos meses, nos saludamos y empezamos a hablar de la tarea que había mandado el profesor mientras llegábamos al salón y tomábamos nuestros asientos.
En la fila para pedir y pagar me encontré con Javier, un chico del salón que se había estado empezando a juntar con nosotros desde hacía unos meses, nos saludamos y empezamos a hablar de la tarea que había mandado el profesor mientras llegábamos al salón y tomábamos nuestros asientos.
Comenzó la clase y casi todo mi
grupo de amigos había llegado ya, pero faltaba Santiago, lo cual me extrañó
porque él no es un chico de llegar tarde a clase y mucho menos de faltar a
alguna.
-¿Y Santi?- le pregunté a los
chicos en voz baja.
-¿No supieron?, murió su hermana
menor anoche de una complicación de neumonía- respondió Daniel, el mayor de
nosotros. -Hablamos cuando acabe la clase-.
La noticia me impactó
profundamente. Sabía que Leonor, la hermanita de doce años de Santi, tenía
neumonía, pero no sabía que el problema estaba tan avanzado. Con razón no
habíamos escuchado mucho de él desde el viernes... pobre Santi.
Decidimos
ir a su casa al terminar la clase para darle nuestro pésame a él y a su familia, también para que no
estuviese solo en este momento tan difícil. Cuando nos vio llegar a su casa nos
abrazó y se derrumbó entre nuestros brazos, no era para menos, Santi amaba a su
hermana como el mar ama los amaneceres. Pero ese día, el mar se quedó sin su
sol.
Cuando se calmó lo sentamos en el
sofá y nos contó todo lo que había vivido en el último fin de semana, desde que
su hermana tenía dificultades para respirar el viernes por la noche, hasta el ataque
que le cerró sus ojos y le arrebató la vida anoche. Todo contado con muy poco detalle
por el estado de Santi.
Estuvimos unas horas en su casa
hasta que, uno por uno, nos empezamos a ir a nuestras casas. El último fui yo,
no quería irme hasta estar seguro de que Santi se calmara y comiese algo,
porque me había dicho que desde el viernes no había probado ningún alimento por
causa del miedo y el estrés. Cuando hizo esto, le dije que me tenía que ir
porque ya era muy tarde, pero que lo vería al día siguiente en la funeraria.
El velorio era por la tarde, por
lo que no interfirió con mi día habitual. Hablé con los demás y quedamos en ir
al lugar a eso de las 15:30 p.m. para estar temprano y acompañar a nuestro amigo. A
esa hora estuvimos todos en la entrada de la funeraria, y una hora después llegó
el coche fúnebre con el ataúd de Leonor.
Estuvimos hasta las 19:00 p.m. hasta
que cerraron definitivamente el ataúd para llevárselo al cementerio. El sitio
no estaba lejos, justo al lado de la funeraria, por lo que fue un
desplazamiento rápido. Al llegar, notamos el agujero profundo, las sillas de
color negro y la base que serviría para bajar al ataúd hasta el fondo de ese
profundo hoyo que separa a los difuntos de la tierra de los vivos, fue ahí
cuando me pasaron miles de pensamientos por la cabeza: ¿qué sucede después de la
muerte?, ¿cuándo me tocará a mí?, ¿cómo me llegará?, ¿realmente me gustaría ser
enterrado?, ¿existirá realmente un Dios?... En fin, las típicas dudas existenciales
que pasan por la cabeza de las personas en distintos puntos de su vida, en
especial en momentos como este.
Daniel ayudó a que saliese del
transe en el que me habían envuelto mis pensamientos y tomamos asiento para
escuchar la última misa en la que la hermana de Santi estaría con nosotros de
manera presencial. No podía dejar de pensar en la niña, recordaba los buenos momentos
que Santi, ella y yo habíamos pasado juntos, en el cine, en su casa, en parques
y otros lugares… No puedo creer aun que se haya ido de esa manera.
Entre mis recuerdos encontré uno
particular, de cuando la enfermedad había comenzado a atacar a la chiquita. Estábamos
Santi y yo jugando videojuegos en su casa después de terminar un examen cuando
entró Leonor a la habitación diciéndole que no podía respirar bien y que le
dolía mucho la cabeza. Pensamos que era un resfriado común, y vaya resfriado.
Pero eso ya no importa, Leonor ya
no está y debemos aprender a aceptarlo. Después de todo, la vida es como una
gran fiesta en la que conoces a muchísima gente, pero que también hay otros
que, por la razón que sea, se terminan yendo antes… Lo triste es el pensar que en
algún momento nosotros deberemos irnos mientras esta continúa.
Terminó la misa, las personas
comenzaron a acercarse para decirle el último adiós a Leonor y comenzaron a
bajar el ataúd. Este sutil y delicado movimiento continuo hizo que la madre de
Santi se derrumbara entre los brazos de su esposo, quien estaba igual de
sentido en el alma como ella. Santiago cayó de rodillas frente al ataúd,
con un llanto tan desgarrador que todos tuvimos que sacarlo del lugar y
sentarlo para que se calmara.
Una vez el féretro en el fondo,
se comenzó a cubrir todo con las coronas de flores que los invitados le dedicaron
a la familia y a su hija. Santi se repuso, se levantó y se acercó al lugar con
una rosa roja en su mano para decirle unas palabras a su hermana. Terminando
con un: Requiestcat in pace, mi querida Leonor. Y dejando caer la rosa sobre
la tumba de su hermana.
Llegamos a su casa por la noche,
como a las 20:45 p.m. si mi memoria no me falla. Su madre nos ofreció chocolate
caliente para aliviar el frío, a lo que accedimos amablemente. Pasada media
hora, Santi se registró los bolsillos de los pantalones, de su camisa y los de
su abrigo para encontrar su teléfono, pero lo había perdido. Todos ayudamos a
buscarlos, en el coche, en el sofá, en la entrada, intentamos llamarlo, pero
todos llegamos a la conclusión de que el teléfono podría estar o en la
funeraria o en el cementerio.
Al saltar esta hipótesis,
Santiago nos pidió encarecidamente que lo acompañásemos nuevamente al
cementerio para recuperarlo. Daniel le dijo que mejor por la mañana cuando
hubiese más luz, pero Santi dijo que no, porque con la oscuridad se podría ver
mejor cuando se alumbrase la pantalla con la llamada.
Nadie estaba convencido de querer
volver a ese lugar, y menos con él, pero a la final accedí yo cuando mencionó que tenía la última foto con su hermana y su
última nota de voz de Whatsaap, por lo que sentí empatía con mi amigo y decidí
acompañarlo.
- Mira, si hay algún guardia de
seguridad le explicamos la situación, le pedimos que lo busque él y mañana lo recogemos - comentó Santi. -Y
si no hay nadie, pues escalo la cerca del cementerio, busco mi teléfono y nos vamos-.
-¿Y si tu teléfono está en la
funeraria? - preguntó Daniel.
-Pues igual, aunque debería seguir abierta a esta hora- argumentó Santi.
Daniel no quiso venir, solo
Javier y yo nos ofrecimos para acompañar a Santi hasta la funeraria y al cementerio. Partimos inmediatamente, con suerte lo sitios estarían abiertos
todavía. Fuimos primero a la funeraria donde tuvimos suerte de que esta casi
siempre cierra por la media noche, pero no encontramos el teléfono.
Solo nos quedaba un sitio y para allá fuimos: el cementerio.
Llegamos casi pasadas la 22:00 p.m. y nos recibieron las puertas cerradas del lugar. Decidimos dar una
vuelta para encontrar algún guardia o cuidador del cementerio, pero terminamos
en el punto de inicio y Santiago se estaba desesperando al punto de querer saltar él mismo la cerca, pero Javier y yo no lo dejamos. Me ofrecí yo para hacerlo,
la verdad es que ya quería irme de ese sitio tan lúgubre lo más rápido posible.
Quedamos en que nos
comunicaríamos por Whatsaap, pero debía moverme rápido para evitar encontrarme
con algún guardia de seguridad. Salté la cerca y comencé a caminar
con la linterna de mi teléfono hasta la tumba de Leonor, pero procurando el
recorrer el mismo camino por el que habíamos pasado horas antes.
Mientras caminaba podía ver las
fechas y nombres de las lápidas, y algún que otro epitafio. Entre tantas fechas
me llegó una duda: ¿Qué estaba haciendo yo cuando murió Leonor? Y fue ahí
cuando recordé los vídeos de horror que estaba viendo aproximadamente a la hora
de su fallecimiento.
-¡Qué irónico!– pensé. –Fue un
vídeo sobre cementerios lo que comencé a ver anoche, y aquí estoy un día después,
en uno-.
Llegué a la tumba de la hermana
de Santi y comencé a buscar a más detalle mientras me mensajeaba con Javier por
Whatsaap. Después de un rato por fin lo pude encontrar, estaba a unos 5
metros de donde estaban las sillas.
Levanté el teléfono y revisé que
tuviese batería, al encenderlo saltaron todos los mensajes, llamadas y
notificaciones que le habíamos mandado a Santi durante el día… Pero algo
extraño pasó.
No sé como definir lo que
sucedió, pero cuando apagué el teléfono y lo guardé en mi bolsillo el ambiente
quedó en…silencio. Sí, silencio, un silencio bastante escalofriante e incómodo. Había
viento, pero no lo escuchaba; podía ver cómo se mecían las ramas de los árboles,
pero no escuchaba el crujir de estas ni el choque de las hojas. Sumado a esto,
el ambiente comenzó a sentirse aun más frío que antes, al punto de que se me
pusiera la piel de gallina.
No quería aguantar otro segundo
más ahí, así que comencé a caminar por donde pensaba que había vuelto, y no sé
cómo, quizás era por el aire que sentía más pesado y frío, pero el camino se me hacía cada vez más y más largo. Parecía que caminaba por minutos, pero solo
avanzaba unos pocos metros o ¿los retrocedía?
Me detuve por un momento a descansar,
y al hacer esto escuché algo que casi me provoca un infarto: la voz de una niña
a mis espaldas que me saludaba.
Me di vuelta de un brinco y me caí al ver una sombra negra con ojos blancos
brillantes que estaban a menos de un metro de mí. Pegué un grito que asustó a
esta silueta e hizo que se ocultase tras una lápida. Al ver esto
me sorprendí, pero luego me calmé cuando escuché mejor la voz de la niña tras
la lápida.
-Por favor, no me hagas daño, no
encuentro a mi papá, lo perdí hoy, tengo mucho miedo- dijo la niña en un tono
delicado y dulce, pero preocupada y asustada.
Tomé mi teléfono, me limpié la grama
de los pantalones y alumbré a la niña que asomó su cara por un lado
de la lápida.
-Hola, no tengas miedo, no te
haré daño ¿cómo te llamas niña? – le pregunté en un tono amable para que
estuviese tranquila.
-Me llamo Samanta Ruiz- me
respondió -Por favor, ayúdame, mi papá sigue buscándome por aquí, pero no lo encuentro-.
-Tranquila, ven, busquemos a tu
papi, ¿estás segura de que está por aquí?– pregunté de una forma comprensiva,
a lo que ella asintió con la cabeza. -¿Sabes dónde estaba la última vez
que lo viste?-.
-Sí, por allá- dijo mientras apuntaba
con el dedo una zona lejana del cementerio.
-Pues vamos- respondí. -No
esperemos más porque me también me da miedo estar aquí-.
-¿En serio?, pero si eres un adulto-
dijo muy intrigada Samanta. – Ustedes no le temen a nada-.
Me reí un poco y respondí. -Al
contrario Samanta, todos le tenemos miedo a algo, y es normal-.
Quise contactar con Javier después de esta conversación, pero a mi teléfono se le acabó la
batería y, al no conocer la contraseña del teléfono de Santi, me quedé
incomunicado. Menos mal que este último tenía 80% de batería, por lo que pude
usar su linterna sin problemas.
Decidí acompañar a la niña,
después de todo y si alguien me atrapaba, podría decir que estábamos buscando a
su papá. Además, Santiago y Javier solo tendrían que esperar un poco más y si
llamaban al otro teléfono podría atender y explicarles por qué tardaba tanto.
-Entonces, ¿Qué dices Samanta?, ¿buscamos
a tu papá? – pregunté esto mientras le extendía la mano para que se sintiese
tranquila.
La niña asintió con la cabeza,
salió de detrás de la lápida, tomó mi mano y comenzamos a caminar hasta la zona
que me decía.
- Y dime Samanta, ¿cómo se llama
tu papá? -.
- Jorge, Jorge Ruiz-.
-Y ¿Por qué vinieron hoy para acá?
-.
-A visitar a mi mamá y a mi
hermana, murieron hace años cuando yo era más pequeña, mi papá no me cuenta
cómo, pero venimos cada semana a visitarlos… Parece que vivamos aquí desde hace
años-.
Al escuchar esto iluminé a Samanta
con la linterna del teléfono para poder verla mejor. Era una niña de como diez
años con un vestido de color azul, aunque un poco sucio, seguramente por haberse
escondido tras la lápida cuando nos encontramos. Su pelo era negro y rizado,
sus ojos verdes, su cara era blanca, pero con manchas de tierra, tenía un
cintillo es su cabeza del mismo color que el vestido. La abría detallado más,
pero tropecé con una piedra o algún expansor de agua que me
hizo caer sobre una tumba con muchos juguetes.
-De acuerdo, ya sé dónde estamos-
dijo Samanta. -Conozco esos juguetes-.
El caerme en ese lugar no fue
sorprendente, aunque sí un poco escalofriante debo decir. Es común que cuando un niño fallece las familias adornen sus
lugares de descanso con los que eran sus juguetes favoritos, y ya había visto varias así de
decoradas durante el día. Me levanté y perdí a Samanta de vista por la oscuridad,
así que empecé a llamarla preocupado.
- ¿Samanta?, ¡¿Samanta?!- comenzaba
a gritar hasta que escuché una respuesta.
- ¡Por aquí! - escuché que me
decían no tan lejos.
Pedí que me siguiera hablando
para poder guiarme con su voz y encontrarla. Eso y con la ayuda de la linterna
no me fue difícil el encontrarla. Estaba sentada entre dos tumbas, una normal y la
otra llena de juguetes.
-Aquí están mi mamá y mi hermana-
dijo de una forma tranquila mientras tomaba una de las muñecas que estaban en
la tumba de su hermana.
Yo me acerqué y leí en la lápida:
“Carmen Pilar Álvarez. 14 de abril de 1965 - 02 de septiembre de 2007”; esto mientras intentaba hacer cálculos de la edad de la señora al momento de su
infortunio, pero uno de los muñecos que tomó Samanta tenía un cascabel que me
hizo salir del trance y recordar lo que estaba haciendo con Samanta, pero me
entró curiosidad y le pregunté a la niña:
-Oye Samanta, ¿cuál es tu nombre
completo? -.
- Samanta Alejandra Ruiz Pilar-.
Me dijo mientras jugaba con una muñeca normal y con el muñeco del
cascabel, luego continuó. -Estos siempre fueron mis juguetes favoritos, cada
vez que vengo juego con ellos por horas hasta que me tengo que ir-.
- ¿Y no te da miedo jugar aquí tu
sola y a veces por la noche? -.
Al preguntar esto, el ambiente
volvió a caer en el mismo silencio en el que estaba cuando recogí el teléfono
de Santi. Nuevamente, pude sentir el viento, pero no escucharlo; pude ver como las
ramas de algunos árboles se movían sin producir ningún sonido, pude ver cómo
varios de los juguetes de la tumba de la hermana se movían, pero sin sonar; volvió
el frío que helaba hasta los huesos y fue una sensación que me pareció una
eternidad, hasta que Samanta habló para congelarme definitivamente.
-Pues…- se detuvo unos segundos
mientras aun jugaba con las muñecas. -Cuando estaba viva, sí-.
Escuchar esto despertó en mí un
escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, congelándome cada centímetro de este
por un momento hasta que tomé las fuerzas suficientes para volver a hablar.
-¿Qué dijiste Samanta?- pregunté
con una voz temblorosa mientras la alumbraba poco a poco, de abajo hacia arriba,
con el teléfono de Santiago.
Mientras más subía la luz, más
podía ver cómo el vestido azul brillante y sucio de la niña se tornaba de un
color más opaco, aún más sucio y con más agujeros del que tenía antes. Mis escalofríos aumentaban mientras alumbraba más la silueta de la niña, hasta que llegue a ver
su brazo. Su color cambió a un tono grisáceo, como de ceniza, podía ver las
venas verdes a través de él, su mano también cambió de color y aparecieron
algunas cortadas agangrenadas, sus uñas se volvieron negras y mugrientas.
Al intentar iluminarla más la
niña dejó de jugar y se levantó de golpe, lo que hizo que me cayese al suelo
por el susto y que el teléfono se me desprendiese de las manos. Apareció
nuevamente la silueta negra con ojos blancos y brillantes que me asustaron
hacía rato, pero esta vez no podía ser la misma Samanta.
Al ver que la figura no hacía
nada, decidí tomar el teléfono y levantarme, pero al agarrarlo la niña realizó
un movimiento que me hizo caer de espaldas nuevamente. Me señaló la lápida, por
lo que decidí alumbrarla para ver qué decía… Y lo que se podía leer en ella era:
“Samanta Alejandra Ruiz Pilar. 03 de julio de 1998 – 02 de septiembre de 2007”.
-Ahora entiendo por qué mi papá
me dejó aquí- me dijo con una voz fría y tenebrosa. -Porque ahora este es mi
hogar… ¿Te gustaría quedarte a jugar con mis amigos y conmigo? -.
Intenté ponerme en pie, pero cada
intento hacía que me cayese, así que decidí apoyarme sobre una lápida para
levantarme. Lápida que decía: “Jorge Ruiz Mendoza. 12 de enero de 1960 –
02 de septiembre de 2007”.
Me levanté del suelo muy asustado
y con lágrimas en los ojos, por no mencionar también el sudor que me recorría
la cara. Al levantarme pude tener una visión mayor del lugar y ahí entendí a lo
que se refería la niña con “sus amigos” porque al igual que su silueta, vi
muchas más. Más sombras de ojos blancos brillantes sobre muchas tumbas, tumbas
con juguetes.
Di media vuelta y salí corriendo aterrado
por lo que estaba observando, no quería mirar atrás hasta llegar a la entrada donde
me estaban esperando Javier y Santiago. Mientras corría me cruzaba con más
tumbas decoradas con juguetes y, por ende, con más siluetas.
Llegó un momento, al igual que antes, en el que sentía cómo había recorrido una gran distancia, pero no divisaba la entrada del
cementerio todavía, por lo que decidí mirar hacia atrás para ver qué tan lejos
estaba de la zona donde vi a Samanta por última vez. Imaginen mi sorpresa y
horror cuando noté que no había avanzado más de dos metros y que la misma silueta
de Samanta me agarraba mi camisa.
Al percatarme de esto, le di un golpe a su mano cadavérica y está me soltó la camisa. En ese momento todo el ambiente cambió, volví a escuchar el sonido del viento, el de los árboles y el de mis
mismos pasos, todo. Cuando empecé a correr también noté dos diferencias: Sí sentía
que estaba recorriendo más distancia que antes, … Y que las siluetas de los niños estaban persiguiéndome.
No me detuve hasta llegar a la
puerta del cementerio, donde estaban Javier, Santiago y el coche, ni siquiera paré cuando pasé cerca de la tumba de Leonor, donde había igualmente una silueta femenina parada sobre esta.
-¡ENCIENDAN EL CARRO!- les
grité mientras seguía corriendo y saltaba la cerca.
-Ahí estás, nos tenías
preocupados- respondió Santiago.
Salté dentro del auto y les grité
que lo hicieran también para irnos del lugar lo más rápido posible.
-¿Qué te sucede?- preguntó
Javier. -Cualquiera diría que viste un fantas… ¡¿QUÉ ES ESO?! -.
Al escuchar eso, Santi y yo
volteamos a ver la entrada del cementerio, a la cual se estaban acercando las
siluetas de los niños.
- ¡MIERDA!, ¡VÁMONOS COÑO!- grité
alarmado.
Santiago y Javier saltaron al
vehículo, este último puso en marcha el motor y nos fuimos de ese aterrador sitio, y
no paramos hasta llegar a la casa de Santi. En ella nos escondimos en la casa y
nos intentamos tranquilizar.
-¡¿QUÉ DEMONIOS ERAN ESAS COSAS?!- me preguntó Santiago angustiadamente.
Les conté toda la
historia de Samanta y por qué tardé tanto en volver, pero había algo en sus
expresiones que no entendía, parecía que no me creían a pesar de haber visto
las sombras también.
-¿Cuánto tiempo crees que te
fuiste? - me preguntó Javier.
-Unos 20 minutos quizás- respondí. -Sumado con el tiempo que tuve hasta llegar a la tumba de Leonor y
encontrar el teléfono habrían sido unos 40 minutos en total-.
Pero estos seguían con la misma
expresión en sus rostros hasta que les pregunté si me creían. Ambos me dijeron que no mientras Javier me enseñaba la hora en su teléfono. Eran las 22:35 p.m. que,
quitándole los 15 minutos que tardamos en llegar del cementerio hasta la casa
de Santi, solo estuve 20 minutos dentro del cementerio, los 20 minutos que me
tomó el llegar hasta la tumba de Leonor.
Nos calmamos los tres y Santi me pidió su teléfono, pero al registrarme mis bolsillos… noté que
no lo tenía. No estaba en ningún sitio, a pesar de haber sido el teléfono que
utilicé para alumbrar mi camino porque el mío se había quedado sin batería, y
para probar esto saqué el mío de mi bolsillo e intenté encenderlo, solo para
darme cuenta de que tenía 75% de batería todavía y las llamadas y mensajes que
había visto en el teléfono de Santi al recogerlo.
-¡¿ME ESTÁS DICIENDO QUE MI
TELÉFONO AÚN SIGUE EN ESE LUGAR INFERNAL?!- me gritó Santiago y empezamos a
discutir, aunque no sabía cómo hacerlo en esta situación tan difícil de
debatir.
Los padres de Santiago se
despertaron por la discusión y bajaron para ver qué estaba sucediendo, después
nos mandaron a dormir a los tres, no les importaba que Javier y yo nos quedásemos esta
noche ahí, a lo que accedimos sin inconvenientes.
-Mañana volveremos a ese sitio
con la luz del sol- nos dijo Santi. -Y entraremos los tres juntos a buscar mi
teléfono-. Terminó yéndose a dormir sin
hablar más con nosotros.
Javier y yo nos acomodamos en el sofá sin decir nada, pero ambos sabíamos que habíamos visto algo y que no queríamos volver a ese lugar, pero no queríamos dejar solo a Santi, por lo menos iríamos con la luz del sol y daría menos miedo.
Javier y yo nos acomodamos en el sofá sin decir nada, pero ambos sabíamos que habíamos visto algo y que no queríamos volver a ese lugar, pero no queríamos dejar solo a Santi, por lo menos iríamos con la luz del sol y daría menos miedo.
A la mañana siguiente entramos a
primera hora al lugar y fuimos hasta la tumba de Leonor, donde encontramos rápidamente
el teléfono de Santi, en el lugar donde yo también lo había encontrado la noche
anterior. El teléfono estaba completamente descargado y mojado un poco por el
rocío de la mañana, pero no estaba dañado.
Al irnos del lugar, me detuve un
segundo para mirar de lejos la zona donde me había llevado Samanta, no dejaba de pensar
en el miedo que sentí cuando sucedió todo. Sin duda alguna, no quiero volver a
tener que ir a ese lugar nunca más en mi vida. Menos mal que esa zona ya
cubierta en su totalidad y no hará falta que entierren a algún conocido mío por
ahí, o a mí mismo… aunque ahora estoy considerando mucho la opción de la
cremación.
Luego de este breve momento nos
fuimos del lugar hacia la Universidad y nos pusimos a hablar en el camino sobre
todo lo de anoche. Afirmamos los tres que yo no estaba loco, que sí vimos
cosas extrañas la noche anterior y que no hacía falta ocultárselo a nadie, como
todo, hay quienes nos pueden creer y quienes no.
Llegamos a la Universidad y
tuvimos un día común, pero a la noche me llegó la razón por la que decidí
contar esta historia.
Estaba en mi habitación haciendo
un trabajo que tenía pendiente y escuchando música hasta que mi concentración
fue interrumpida por unos mensajes whatsaap de Santi:
-“Oye viejo, ¿cómo era la niña
que viste en el cementerio?”-.
-“Me la puedes describir”-.
Volví a describir a la niña: pequeña, ojos verdes, piel clara, pelo negro rizado, llevaba un vestido azul y un
cintillo del mismo color.
-“¿Cómo esta?”- respondió
mientras me envió tres imágenes donde aparecían él, Leonor… Y Samanta en el
fondo de la imagen.
Era ella, y estaba en las tres
fotos, observándolos a ellos. Fue entonces cuando decidí investigar un poco
para ver si encontraba alguna información en Internet, y sí encontré algo.
Logré dar con varios artículos digitales locales que hablaban de un accidente
de transito donde estaba la familia, pero ninguno sobrevivió. El coche chocó
con un camión a la altura del parque que frecuentaban Santiago y Leonor, lo que
hizo que tuviese sentido su aparición en las imágenes. La verdad es que después
de lo de esa noche en el cementerio, me veo capaz de creerme cualquier cosa.
Mi investigación se vio interrumpida
por otro mensaje de Santi:
-“Y mira esto”- me dijo mientras
me enviaba un vídeo que tenía en su galería y que le había grabado su mamá días
antes del ataque de neumonía de Leonor.
En este vídeo se puede ver cómo
la madre de Santi lo grababa mientras comía en el parque, pero en un punto esta
misma hace la pregunta: “¿Dónde está mi quería Leonor?”. A lo que comienza a
buscarla con la cámara hasta que la encuentra jugando… con Samanta. Esto
mientras afirma: “Mira que hermosa, ha hecho una nueva amiga” y terminando el
vídeo de esa manera.
No me lo podía creer, era
imposible. Le dije a Santi que borrara ese vídeo y las imágenes, a lo que
accedió sin rechistar. Por mi parte hice lo mismo y cerré las pestañas de Internet donde estaba realizando la investigación sobre Samanta, También borré
el historial de mi ordenador.
Me levanté de la silla y me tomé
un tranquilizante en mi cama. Se me fue el nerviosismo, pero no los pensamientos
ni los recuerdos de la noche anterior. En ese momento entendí a quienes llamaba Samanta como sus “amigos”, y lo peor de todo es que Leonor es ahora uno de ellos... y yo estuve
a punto de serlo.
Hola mis bueno lectores, espero que les guste esta historia.
Lamento el haber dejado olvidada esta página, pero lo bueno es que quiero volver y esta historia es un ejemplo de ello.
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(Algún día volveré a tener Twitter).
Me despido cordialmente.
Hasta pronto.
Odiseo.
Hasta pronto.
Odiseo.
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